La hoja de papel continuaba en blanco, desafiante, pero ella no sabía qué hacer, no sabía qué escribir.
Pensaba y pensaba pero ninguna idea le gustaba.
Y pensando y pensando, la niña se durmió. Y mientras dormía, soñó.
Y en su sueño se vio a si misma, caminando por la pradera verde de hierbas altas y flores pequeñitas y amarillas. Y en medio de la pradera distinguió una figura blanca y se acercó a ella.
Y cuando se acercaba vio que era un hermosísimo caballo blanco alado, resplandeciente bajo el sol, y sobrecogida supo que era lo más bonito que había visto en su vida. Y se acercó despacio, temerosa, porque el caballo estaba tumbado y parecía estar demasiado quieto.
Pero cuando llegó hasta su lado, el caballo giró la cabeza y la saludó amablemente, con una sonrisa de reconocimiento.
- Buenos días, querida niña-, dijo él.
- Buenos días, caballo. ¿Te conozco de algo? Me resultas familiar.
- Hubo un tiempo en que jugábamos mucho juntos. Te subías sobre mi lomo y cabalgábamos por la pradera, sobrevolábamos las colinas sintiendo el viento contra el rostro... y yo hacía cabriolas para ti, mientras tu risa de cascabel llenaba mis oídos. Pero de eso hace mucho tiempo.
- ¿Y qué ocurrió?-, respondió la niña expectante.
- Un día, viniste a jugar con una pequeña mochila al hombro. No parecía contener gran cosa, pero era bastante pesada. Ese día jugamos y reímos como siempre, pero cada vez que intentaba remontar el vuelo, mis alas protestaban y se fatigaban, porque la mochila pesaba mucho, y al final del día el cansancio se apoderó de mi.
- ¿Y luego qué pasó?
- En los días siguientes siempre venías con tu mochila, que se iba haciendo cada vez más pesada. Cada vez se hacía más difícil levantar el vuelo y cada vez mis alas se cansaban más. Y un día, la carga era tan pesada que ya no pude elevarme del suelo.
Ese día decidimos dar un largo paseo. Juntos, caminamos por la pradera, recorrimos la orilla del río y escuchamos el canto del agua besando a las rocas, al pie de la cascada. Y hablamos, hablamos mucho. De las alegrías y las penas, del amor y el dolor, de los proyectos y los fracasos, de las cosas grandes y pequeñas que componen tu mundo.
Llegó la hora de marchar. Pero antes de hacerlo, me dijiste:
"Caballo, yo ya no tengo tiempo para jugar. Tengo otras ocupaciones. Me necesitan en otro lugar. Otras personas requieren toda mi atención. Pero vendré a visitarte siempre que pueda."
Te vi alejarte de vuelta a tu mundo, soportando el peso de la mochila que doblaba tu espalda, y supe que no te volvería a ver en mucho tiempo.
- Pero yo he vuelto muchas veces a este lugar, y nunca te encontré-, protestó la niña.
- No, mi querida niña; no era a este lugar al que volvías. Tus pasos te llevaban a la gruta de las Sombras Chinescas. Aquel es un lugar bonito, tranquilo y liviano, donde puedes contemplar divertidas aventuras cómodamente sentada mientras, por un rato, dejas de sentir el peso de tu mochila. Pero allí no hay espacio para correr y jugar y volar: solo hay sombras en una pared.
- Pero tú ya no tienes que soportar ninguna carga. Puedes volar libre y sentir el viento en tu rostro. ¿Por qué te quedas aquí?
- Porque me faltan las fuerzas, mi querida niña. Ya no soy capaz ni de ponerme en pie, mucho menos de remontar el vuelo...
- ¿Y eso por qué?
- Porque tú no eres feliz.
Al oir esto la niña se asustó un poquito. En el fondo, sabía que el caballo tenía razón; pero pensaba que nadie se daría cuenta. De repente se sintió un poco azorada.
- Tienes razón, caballo. No se qué hacer para ser feliz.
- Mi niña, no eres feliz porque te olvidaste de amar. Tan ocupada estabas intentando que te amaran, que te olvidaste de hacerlo tú... Creiste, ingenuamente, que atarse a alguien era demostración de amor; pero el amor verdadero no busca atar con cadenas, sino que contribuye a romperlas.
La niña meditó largo rato las palabras de su amigo el caballo. Y luego de mucho pensar, dijo para sí:
"Si me ocupo de mi misma, me olvido de amar, y un manto gris cubre mi corazón. Pero si me ocupo de agradar a los demás, me olvido de mi misma e igualmente un manto gris cubre mi corazón."
Suavemente, como si siguiera sus pensamientos, el caballo relinchó.
Y entonces, la niña comprendió.
Comprendió que lo mejor de cada persona aparece cuando es ofrecido, no cuando se atesora en la oscuridad.
Comprendió que el amor no exige sacrificios, sino que generosamente se ofrece a si mismo.
Comprendió que sólo se ama verdaderamente, cuando se ama al otro igual que a uno mismo, y a uno mismo igual que al otro.
Despertó.
La hoja de papel seguía en blanco. Pero ahora sabía por dónde empezar.
Mientras se disponía a escribir, aún resonaban en su cabeza las últimas palabras del caballo alado: "tal vez sea tiempo de echar un vistazo a esa mochila... y retirar algo de lastre".
A modo de encabezado, escribió la siguiente frase:
"El amor más importante no es el que se recibe, sino el que se da".
jueves, 31 de marzo de 2011
miércoles, 16 de marzo de 2011
Nueve razones a favor de la inmigración
Encontré por ahí algo que escribí hace 5 años, cuando se debatía sobre la Ley de Extranjería. Me pareció interesante compartirlo (con unos pequeños cambios).
1. La inmigración nos resulta muy provechosa, como país.
Los inmigrantes son mayormente personas en edad de trabajar. Esto es un gran ahorro para el país, que no tiene que costear su formación. Cotizan a la SS y generan dinero desde el principio. Gracias a ello, las cuentas de la SS están dando superávits en los últimos años (muchos más ingresos, y pocos más gastos asistenciales). Estos buenos resultados estorban las pretensiones de privatización de la sanidad.
2. Las pensiones.
La población española envejece y esto causa problemas en el sistema de pensiones de la Seguridad Social. Los inmigrantes rejuvenecen la población y aportan dinero para las pensiones. También esto es un estorbo a las pretensiones de privatización de las pensiones.
3. Viento fresco.
La sociedad española se está quedando apolillada, enmohecida, demasiado estática. Algo pasa cuando un partido tan rancio como el PP se mantiene 8 años en el poder y sale de él un poco de carambola. En medio del conservadurismo apático que nos rodea, el ímpetu de los inmigrantes supone una nueva referencia para muchos.
4. Puestos de trabajo.
Un argumento que se usa contra la inmigración es que reduce los puestos de trabajo disponibles para los "nativos". Este es un argumento falaz. ¿Acaso se está diciendo que hay un número fijo, limitado, de puestos de trabajo en el país? Entonces la población no podría crecer nunca, ni por inmigración ni por natalidad. Por otro lado, los inmigrantes también son consumidores, con lo que incrementan el mercado y las oportunidades de negocio. Es la voracidad de los banqueros y grandes empresarios la que frena el desarrollo, estanca la economía y destruye puestos de trabajo.
5. "Enemigo" común.
También se argumenta que los inmigrantes cobran menos y ponen menos condiciones para trabajar, y que esto redunda en peores salarios y condiciones para los demás. Ahora bien, estas condiciones no las ponen los inmigrantes, que desde luego preferirían estar en igualdad con los "nativos". Los explotadores imponen distintas condiciones gracias a que se mantiene una diferencia artificial, que desaparecería si todos los trabajadores (inmigrantes o no) hicieran frente común contra la explotación.
6. Visión "clasista".
Al diferenciar entre "locales" e "inmigrantes", se está de hecho aceptando la idea de que hay diferencias entre unos ciudadanos y otros basándose en el criterio de que "siempre han estado ahí". Es el mismo argumento que aplican los poderosos, que mantienen las diferencias con el resto de la población basándose igualmente en el criterio de que "siempre han estado ahí" (en el poder).
7. Reciprocidad.
Las fronteras dificultan el paso de personas en busca de un futuro; también dificultan (mediante aduanas) el paso de mercancías que podrían suponer un futuro para esas mismas personas. Sin embargo, no se pone ningún impedimento al dinero y a las materias primas producto del expolio. ¿Cómo justificar a un tiempo el despojo y la segregación?
8. Países de frontera.
A Europa, baluarte autocomplaciente de los derechos humanos, no le interesa hacer visible la desigualdad de trato hacia los inmigrantes, sobre todo en las fronteras, donde se establecen las condiciones de entrada (indefensión, desigualdad, sometimiento, etc). Las fronteras se trasladan entonces al exterior, "fuera" de Europa. Los gobiernos de países de frontera, como los norteafricanos, conscientes de su papel, no dudan en reclamar su parte del pastel: hacen el trabajo sucio a cambio de dinero, y de este modo la inmigración se convierte en mercancía, en arma de propaganda para déspotas "amigos" de Occidente.
9. Retorno.
Una de las primeras preocupaciones de los inmigrantes, una vez establecidos, es ayudar a sus familias en origen, hasta tal punto que sus aportaciones están llegando a elevar el nivel de vida de regiones enteras. Cada año vemos circular en procesión a cientos de miles de inmigrantes que vuelven a sus países de origen, llevando un dinero, una esperanza y una experiencia que nosotros, europeos bienpensantes con la boca llena de "humanidad", no parecemos capaces de proporcionar.
Está claro que la inmigración es un problema a solucionar en origen. Pero es importante comprender que el problema está siendo generado desde aquí, y que el cierre de fronteras es parte del problema y no puede ser nunca parte de la solución.
1. La inmigración nos resulta muy provechosa, como país.
Los inmigrantes son mayormente personas en edad de trabajar. Esto es un gran ahorro para el país, que no tiene que costear su formación. Cotizan a la SS y generan dinero desde el principio. Gracias a ello, las cuentas de la SS están dando superávits en los últimos años (muchos más ingresos, y pocos más gastos asistenciales). Estos buenos resultados estorban las pretensiones de privatización de la sanidad.
2. Las pensiones.
La población española envejece y esto causa problemas en el sistema de pensiones de la Seguridad Social. Los inmigrantes rejuvenecen la población y aportan dinero para las pensiones. También esto es un estorbo a las pretensiones de privatización de las pensiones.
3. Viento fresco.
La sociedad española se está quedando apolillada, enmohecida, demasiado estática. Algo pasa cuando un partido tan rancio como el PP se mantiene 8 años en el poder y sale de él un poco de carambola. En medio del conservadurismo apático que nos rodea, el ímpetu de los inmigrantes supone una nueva referencia para muchos.
4. Puestos de trabajo.
Un argumento que se usa contra la inmigración es que reduce los puestos de trabajo disponibles para los "nativos". Este es un argumento falaz. ¿Acaso se está diciendo que hay un número fijo, limitado, de puestos de trabajo en el país? Entonces la población no podría crecer nunca, ni por inmigración ni por natalidad. Por otro lado, los inmigrantes también son consumidores, con lo que incrementan el mercado y las oportunidades de negocio. Es la voracidad de los banqueros y grandes empresarios la que frena el desarrollo, estanca la economía y destruye puestos de trabajo.
5. "Enemigo" común.
También se argumenta que los inmigrantes cobran menos y ponen menos condiciones para trabajar, y que esto redunda en peores salarios y condiciones para los demás. Ahora bien, estas condiciones no las ponen los inmigrantes, que desde luego preferirían estar en igualdad con los "nativos". Los explotadores imponen distintas condiciones gracias a que se mantiene una diferencia artificial, que desaparecería si todos los trabajadores (inmigrantes o no) hicieran frente común contra la explotación.
6. Visión "clasista".
Al diferenciar entre "locales" e "inmigrantes", se está de hecho aceptando la idea de que hay diferencias entre unos ciudadanos y otros basándose en el criterio de que "siempre han estado ahí". Es el mismo argumento que aplican los poderosos, que mantienen las diferencias con el resto de la población basándose igualmente en el criterio de que "siempre han estado ahí" (en el poder).
7. Reciprocidad.
Las fronteras dificultan el paso de personas en busca de un futuro; también dificultan (mediante aduanas) el paso de mercancías que podrían suponer un futuro para esas mismas personas. Sin embargo, no se pone ningún impedimento al dinero y a las materias primas producto del expolio. ¿Cómo justificar a un tiempo el despojo y la segregación?
8. Países de frontera.
A Europa, baluarte autocomplaciente de los derechos humanos, no le interesa hacer visible la desigualdad de trato hacia los inmigrantes, sobre todo en las fronteras, donde se establecen las condiciones de entrada (indefensión, desigualdad, sometimiento, etc). Las fronteras se trasladan entonces al exterior, "fuera" de Europa. Los gobiernos de países de frontera, como los norteafricanos, conscientes de su papel, no dudan en reclamar su parte del pastel: hacen el trabajo sucio a cambio de dinero, y de este modo la inmigración se convierte en mercancía, en arma de propaganda para déspotas "amigos" de Occidente.
9. Retorno.
Una de las primeras preocupaciones de los inmigrantes, una vez establecidos, es ayudar a sus familias en origen, hasta tal punto que sus aportaciones están llegando a elevar el nivel de vida de regiones enteras. Cada año vemos circular en procesión a cientos de miles de inmigrantes que vuelven a sus países de origen, llevando un dinero, una esperanza y una experiencia que nosotros, europeos bienpensantes con la boca llena de "humanidad", no parecemos capaces de proporcionar.
Está claro que la inmigración es un problema a solucionar en origen. Pero es importante comprender que el problema está siendo generado desde aquí, y que el cierre de fronteras es parte del problema y no puede ser nunca parte de la solución.
jueves, 10 de febrero de 2011
El Mensaje
Decimos que el hombre piensa en una dirección, siente en otra y actúa en otra diferente.
Así, en cada momento vive sin armonía y obra con violencia en el mundo de los otros hombres.
El caos de la humanidad, es el simple reflejo de la desarmonía interna.
De este modo aunque no quiera, el hombre actúa en contra de lo que siente, siente en contra de lo que piensa y piensa en contra de lo que actúa.
No es pues responsable de sus errores porque no sabe lo que hace. Duerme profundamente y su ilusión mayor es creer que está despierto.
Propagamos entre los pueblos la doctrina del despertar, de la no-violencia y de la hermandad.
Accionamos por la liberación interior y exterior del hombre. Decimos: Que jamás se responda a la violencia con violencia.
Que las razas se hermanen definitivamente integrando una sola humanidad.
Que ese Dios y esa otra vida más allá de la muerte se busquen en el fondo dormido de uno mismo. En aquel fondo lleno de fuerzas desconocidas y poderes inmensos. Que todo accionar sea pacífico: No-violencia física; no-violencia económica; no-violencia racial y no-violencia religiosa.
Que nuestros deberes permanentes sean: despertar cada día más armonizado el pensamiento, el sentimiento y la acción y al mismo tiempo, despertar a los demás por la enseñanza y la práctica de ésta, la más humilde y sencilla de las doctrinas.
Salvemos al hombre de la venganza, preparando el camino de la nueva humanidad que ya se acerca.
Silo, 1964
Así, en cada momento vive sin armonía y obra con violencia en el mundo de los otros hombres.
El caos de la humanidad, es el simple reflejo de la desarmonía interna.
De este modo aunque no quiera, el hombre actúa en contra de lo que siente, siente en contra de lo que piensa y piensa en contra de lo que actúa.
No es pues responsable de sus errores porque no sabe lo que hace. Duerme profundamente y su ilusión mayor es creer que está despierto.
Propagamos entre los pueblos la doctrina del despertar, de la no-violencia y de la hermandad.
Accionamos por la liberación interior y exterior del hombre. Decimos: Que jamás se responda a la violencia con violencia.
Que las razas se hermanen definitivamente integrando una sola humanidad.
Que ese Dios y esa otra vida más allá de la muerte se busquen en el fondo dormido de uno mismo. En aquel fondo lleno de fuerzas desconocidas y poderes inmensos. Que todo accionar sea pacífico: No-violencia física; no-violencia económica; no-violencia racial y no-violencia religiosa.
Que nuestros deberes permanentes sean: despertar cada día más armonizado el pensamiento, el sentimiento y la acción y al mismo tiempo, despertar a los demás por la enseñanza y la práctica de ésta, la más humilde y sencilla de las doctrinas.
Salvemos al hombre de la venganza, preparando el camino de la nueva humanidad que ya se acerca.
Silo, 1964
martes, 13 de julio de 2010
Pasaba por aquí
Camisa de cuadros grandes azules sobre blanco, pantalón vaquero algo gastado, una carterita para el móvil colgando del cinturón, las gafas de sol sobre un peinado ligeramente ondulado, negro en otro tiempo pero ya entrecano de blanco y gris. Ligeramente inclinado hacia atrás, pose torera mientras examina los varios platos del buffet oriental. La piel coriácea y sin embargo algo lechosa del rostro se curva en un leve rictus que acentúa las cien arrugas, expresando una mezcla de desagrado, desdén y curiosidad reprimida. Llena el plato, finalmente, con alimentos reconocibles y se dirige a su mesa con paso firme y decidido, trasunto de la inseguridad, gritando sin palabras:
- Yo sólo pasaba por aquí.
- Yo sólo pasaba por aquí.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Lo recuerdo perfectamente
Ya es otoño. La luz tardía del sol empalidece al atravesar la capa de nubes, tal vez preludio de las primeras gotas de un blando aguacero otoñal. Del mar proviene una brisa fresca que se me agarra en las pantorrillas, expuestas al aire por evitar que se empape la ropa, mientras camino junto al romper del oleaje.
Voy dejando tras de mí las huellas constantes, rítmicas de mi paso sobre la arena: impresiones dejadas en la vastedad de la playa que reproducen fielmente el contorno de mis pies desnudos, así como las vivencias dejan su impronta indeleble en mi memoria reproduciendo el contorno de mi ayer.
Lo recuerdo perfectamente.
Recuerdo el aire cansado, vencido, con que te dirigías a mí. El reproche sordo, no tanto en las palabras como en los gestos; el desinterés por mis ideas, por mis necesidades, por mis proyectos. Como si todo fuera culpa mía. Como si ese horizonte gris y falto de futuro fuera, al fin y al cabo, culpa mía.
El sol se esconde detrás de un cúmulo de nubes especialmente densas, que deja apenas traspasar unas pocas briznas de luz. El paisaje se oscurece y arrecia la brisa, que arranca jirones de espuma de las crestas de las olas. El aire se llena de olor a sal, a humedad, a tormenta, y el ambiente se carga de electricidad.
Recuerdo perfectamente tus palabras, duras, crueles, hirientes palabras que solo tú podías decir, que solo tú dijiste, sin otro propósito que hacerme daño, como siempre hiciste. Sigo recordando tus labios duros y fríos, tu mirada de fuego cargada de odio, culpándome de todo.
Sí, lo recuerdo perfectamente.
Empujadas por el viento, las nubes corren apretujándose unas contra otras, rompiendo la formación. Un rayo de luz se abre paso franco entre ellas tocando el agua, reflejándose en mil espejos cambiantes como escamas de pez dorado.
Recuerdo perfectamente tus palabras, tristes palabras que hablaban de proyectos, de ilusiones, de futuro. De un futuro que quisimos hacer en compañía, que pudo ser y no fue, se truncó, por mi culpa, siempre por mi culpa.
Sigo mi camino por la playa mientras el sol continúa el suyo por el cielo, hasta tocar con su disco el borde del mar. Rayos anaranjados y rojizos se cuelan por el estrecho pasillo entre dos aguas, líquida una, gaseosa la otra, y el paisaje estalla en mil colores, mil reflejos del luminoso camino que se aleja de mí.
Recuerdo perfectamente tus palabras, vibrantes palabras de aquellos días felices, lejanas ya como este sol lejano, ausentes como este paisaje vacío en el que no estás tú. Promesas llenas de euforia y de emoción y que sin embargo no cumpliste, que quizás nunca quisiste cumplir.
Cae la noche. Camino a ciegas junto al agua, guiado tan sólo por el leve sonido de las olas y el escaso brillo de la luna en la espuma del mar. Y me asombra descubrir que a pesar del tiempo transcurrido, sigo recordando perfectamente cada detalle, cada palabra, cada gesto.
Me detengo un momento y miro hacia atrás. Puedo ver mis impresiones más recientes sobre la arena y aunque la oscuridad de la noche me oculte las que están más lejos, se que siguen ahí tal como las dejé, sin que el viento ni el mar hayan alcanzado a alterarlas. Las recuerdo perfectamente.
¿Qué fue exactamente lo que me dijiste? No podría decirlo. Mi memoria no funciona muy bien últimamente.
Voy dejando tras de mí las huellas constantes, rítmicas de mi paso sobre la arena: impresiones dejadas en la vastedad de la playa que reproducen fielmente el contorno de mis pies desnudos, así como las vivencias dejan su impronta indeleble en mi memoria reproduciendo el contorno de mi ayer.
Lo recuerdo perfectamente.
Recuerdo el aire cansado, vencido, con que te dirigías a mí. El reproche sordo, no tanto en las palabras como en los gestos; el desinterés por mis ideas, por mis necesidades, por mis proyectos. Como si todo fuera culpa mía. Como si ese horizonte gris y falto de futuro fuera, al fin y al cabo, culpa mía.
El sol se esconde detrás de un cúmulo de nubes especialmente densas, que deja apenas traspasar unas pocas briznas de luz. El paisaje se oscurece y arrecia la brisa, que arranca jirones de espuma de las crestas de las olas. El aire se llena de olor a sal, a humedad, a tormenta, y el ambiente se carga de electricidad.
Recuerdo perfectamente tus palabras, duras, crueles, hirientes palabras que solo tú podías decir, que solo tú dijiste, sin otro propósito que hacerme daño, como siempre hiciste. Sigo recordando tus labios duros y fríos, tu mirada de fuego cargada de odio, culpándome de todo.
Sí, lo recuerdo perfectamente.
Empujadas por el viento, las nubes corren apretujándose unas contra otras, rompiendo la formación. Un rayo de luz se abre paso franco entre ellas tocando el agua, reflejándose en mil espejos cambiantes como escamas de pez dorado.
Recuerdo perfectamente tus palabras, tristes palabras que hablaban de proyectos, de ilusiones, de futuro. De un futuro que quisimos hacer en compañía, que pudo ser y no fue, se truncó, por mi culpa, siempre por mi culpa.
Sigo mi camino por la playa mientras el sol continúa el suyo por el cielo, hasta tocar con su disco el borde del mar. Rayos anaranjados y rojizos se cuelan por el estrecho pasillo entre dos aguas, líquida una, gaseosa la otra, y el paisaje estalla en mil colores, mil reflejos del luminoso camino que se aleja de mí.
Recuerdo perfectamente tus palabras, vibrantes palabras de aquellos días felices, lejanas ya como este sol lejano, ausentes como este paisaje vacío en el que no estás tú. Promesas llenas de euforia y de emoción y que sin embargo no cumpliste, que quizás nunca quisiste cumplir.
Cae la noche. Camino a ciegas junto al agua, guiado tan sólo por el leve sonido de las olas y el escaso brillo de la luna en la espuma del mar. Y me asombra descubrir que a pesar del tiempo transcurrido, sigo recordando perfectamente cada detalle, cada palabra, cada gesto.
Me detengo un momento y miro hacia atrás. Puedo ver mis impresiones más recientes sobre la arena y aunque la oscuridad de la noche me oculte las que están más lejos, se que siguen ahí tal como las dejé, sin que el viento ni el mar hayan alcanzado a alterarlas. Las recuerdo perfectamente.
¿Qué fue exactamente lo que me dijiste? No podría decirlo. Mi memoria no funciona muy bien últimamente.
lunes, 22 de junio de 2009
Verdad
- Dime la verdad
- Pero, ¿qué verdad? ¿la tuya o la mía?
- No, la verdad a secas.
- Pero... no hay una "verdad" a secas...
- ¿Cómo que no? Claro que la hay ... a ver, ¿me vas a decir que ese jarrón no existe de verdad?
- ¿Eso es un jarrón? yo pensaba que era una maceta...
- No, es un jarrón. Y bien bonito además.
- Pues a mi me parece una maceta, llena de tierra y flores.
- Sí, pero es de cristal, por eso es un jarrón.
- Pues a mi me parece una maceta.
- Pues te equivocas porque es un jarrón.
- No me equivoco. Tú lo ves desde el punto de vista decorativo, y yo desde el punto de vista funcional.
- Pues yo te sigo diciendo que es un jarrón, porque lo es. Esa es la verdad.
- ¿Y por qué sabes que esa es la verdad?
- ¡Porque lo estoy viendo!
- ... bien, ahora ponte mis gafas... ¿te sigue pareciendo un jarrón?
- No, ahora parece un gurruño, pero no por eso deja de ser un jarrón.
- ¿Por qué lo sabes? Ahora lo ves de otro modo.
- Pero me acuerdo de cómo lo veía antes.
- Es decir, que antes te fiabas de tus ojos, y ahora de tu memoria...
¡¡CATACRASS!!
- ¡¡¡¿¿¿QUÉ HACES???!!! ¿Por qué has roto el jarrón?
- ¿Qué tenemos ahora?
- Ahora tenemos un jarrón roto y un enfado muy grande.
- Pero ya no es ni un jarrón ni una maceta, sino un montón de cristales y tierra... alguien que no lo hubiera visto antes no sabría que alguna vez fue un jarrón.
- Pero yo sí lo sabría, y con eso basta.
- Así que donde otra persona sólo vería un montón de basura, tú ves un jarrón transformado...
- No me convences. Las cosas son verdad o no lo son. El número dos es el mismo número aquí y en China.
- Está bien. En compensación por esos cristales rotos, te haré un cheque por diez mil. ¿Te parece que ese es un número grande?
- ¡Sí, es un número realmente grande! No hace falta tanto...
- ... ten en cuenta que aún no te he dicho en qué moneda estará el cheque... ¿sigues pensando que es grande?
- Ah, ¡entonces depende de qué moneda sea, tal vez sea una cantidad muy pequeña!
- ¿Quieres decir que el mismo número puede ser, a la vez, muy grande y muy pequeño?
Tú. Sí, tú que estás leyendo esto. Tú que cómodamente sentado, te permites una leve sonrisa condescendiente, porque sabes cuál es la verdad. Echa un vistazo por la ventana, al cielo nocturno plagado de estrellas, y trata de contarlas. ¿Hasta dónde abarca tu realidad? ¿un millón, cien millones...? ¿y cuántas más habrá que estén tan lejos que ni siquiera seas capaz de verlas?
Vuelve ahora a tu casa, a tu barrio, a tu familia, y cuenta nuevamente... cuenta cuántas personas, cuántas verdades conoces realmente. Cuántas vidas puede abarcar tu mirada. Cuántos fugaces momentos, intensos o suaves, ellos han vivido y tú nunca conocerás. Se humilde por una vez y reconoce que, en definitiva, no conoces más que un minúsculo pedazo interpretado y manipulado de la verdad. Tu verdad.
Y cuando lo hayas hecho, recuerda que por cada persona que conoces hay un millón de las que no sabes ni el nombre, diez millones que ya murieron y nunca podrás conocer, cien millones que aún no vivieron y nunca conocerás.
Hay más verdades en este planeta, tu casa, que estrellas puedes contar en el cielo.
- Pero, ¿qué verdad? ¿la tuya o la mía?
- No, la verdad a secas.
- Pero... no hay una "verdad" a secas...
- ¿Cómo que no? Claro que la hay ... a ver, ¿me vas a decir que ese jarrón no existe de verdad?
- ¿Eso es un jarrón? yo pensaba que era una maceta...
- No, es un jarrón. Y bien bonito además.
- Pues a mi me parece una maceta, llena de tierra y flores.
- Sí, pero es de cristal, por eso es un jarrón.
- Pues a mi me parece una maceta.
- Pues te equivocas porque es un jarrón.
- No me equivoco. Tú lo ves desde el punto de vista decorativo, y yo desde el punto de vista funcional.
- Pues yo te sigo diciendo que es un jarrón, porque lo es. Esa es la verdad.
- ¿Y por qué sabes que esa es la verdad?
- ¡Porque lo estoy viendo!
- ... bien, ahora ponte mis gafas... ¿te sigue pareciendo un jarrón?
- No, ahora parece un gurruño, pero no por eso deja de ser un jarrón.
- ¿Por qué lo sabes? Ahora lo ves de otro modo.
- Pero me acuerdo de cómo lo veía antes.
- Es decir, que antes te fiabas de tus ojos, y ahora de tu memoria...
¡¡CATACRASS!!
- ¡¡¡¿¿¿QUÉ HACES???!!! ¿Por qué has roto el jarrón?
- ¿Qué tenemos ahora?
- Ahora tenemos un jarrón roto y un enfado muy grande.
- Pero ya no es ni un jarrón ni una maceta, sino un montón de cristales y tierra... alguien que no lo hubiera visto antes no sabría que alguna vez fue un jarrón.
- Pero yo sí lo sabría, y con eso basta.
- Así que donde otra persona sólo vería un montón de basura, tú ves un jarrón transformado...
- No me convences. Las cosas son verdad o no lo son. El número dos es el mismo número aquí y en China.
- Está bien. En compensación por esos cristales rotos, te haré un cheque por diez mil. ¿Te parece que ese es un número grande?
- ¡Sí, es un número realmente grande! No hace falta tanto...
- ... ten en cuenta que aún no te he dicho en qué moneda estará el cheque... ¿sigues pensando que es grande?
- Ah, ¡entonces depende de qué moneda sea, tal vez sea una cantidad muy pequeña!
- ¿Quieres decir que el mismo número puede ser, a la vez, muy grande y muy pequeño?
Tú. Sí, tú que estás leyendo esto. Tú que cómodamente sentado, te permites una leve sonrisa condescendiente, porque sabes cuál es la verdad. Echa un vistazo por la ventana, al cielo nocturno plagado de estrellas, y trata de contarlas. ¿Hasta dónde abarca tu realidad? ¿un millón, cien millones...? ¿y cuántas más habrá que estén tan lejos que ni siquiera seas capaz de verlas?
Vuelve ahora a tu casa, a tu barrio, a tu familia, y cuenta nuevamente... cuenta cuántas personas, cuántas verdades conoces realmente. Cuántas vidas puede abarcar tu mirada. Cuántos fugaces momentos, intensos o suaves, ellos han vivido y tú nunca conocerás. Se humilde por una vez y reconoce que, en definitiva, no conoces más que un minúsculo pedazo interpretado y manipulado de la verdad. Tu verdad.
Y cuando lo hayas hecho, recuerda que por cada persona que conoces hay un millón de las que no sabes ni el nombre, diez millones que ya murieron y nunca podrás conocer, cien millones que aún no vivieron y nunca conocerás.
Hay más verdades en este planeta, tu casa, que estrellas puedes contar en el cielo.
sábado, 20 de junio de 2009
Esperando
A lo lejos.
La línea del horizonte, azul sobre azul, apenas se distingue.
El sol, en lo alto, lo baña todo.
Miro al horizonte, allá a lo lejos.
Un remolino en el agua se aproxima.
Tal vez, esta vez, seas tú.
O tal vez sea sólo una sombra.
El mar inunda mis ojos; luego rebosa.
Una gota cae, cruza los labios, y pende de la barbilla,
un segundo eterno, antes de caer.
Tanto tiempo juntos y yo, aún,
sigo esperándote.
La línea del horizonte, azul sobre azul, apenas se distingue.
El sol, en lo alto, lo baña todo.
Miro al horizonte, allá a lo lejos.
Un remolino en el agua se aproxima.
Tal vez, esta vez, seas tú.
O tal vez sea sólo una sombra.
El mar inunda mis ojos; luego rebosa.
Una gota cae, cruza los labios, y pende de la barbilla,
un segundo eterno, antes de caer.
Tanto tiempo juntos y yo, aún,
sigo esperándote.
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