La hoja de papel continuaba en blanco, desafiante, pero ella no sabía qué hacer, no sabía qué escribir.
Pensaba y pensaba pero ninguna idea le gustaba.
Y pensando y pensando, la niña se durmió. Y mientras dormía, soñó.
Y en su sueño se vio a si misma, caminando por la pradera verde de hierbas altas y flores pequeñitas y amarillas. Y en medio de la pradera distinguió una figura blanca y se acercó a ella.
Y cuando se acercaba vio que era un hermosísimo caballo blanco alado, resplandeciente bajo el sol, y sobrecogida supo que era lo más bonito que había visto en su vida. Y se acercó despacio, temerosa, porque el caballo estaba tumbado y parecía estar demasiado quieto.
Pero cuando llegó hasta su lado, el caballo giró la cabeza y la saludó amablemente, con una sonrisa de reconocimiento.
- Buenos días, querida niña-, dijo él.
- Buenos días, caballo. ¿Te conozco de algo? Me resultas familiar.
- Hubo un tiempo en que jugábamos mucho juntos. Te subías sobre mi lomo y cabalgábamos por la pradera, sobrevolábamos las colinas sintiendo el viento contra el rostro... y yo hacía cabriolas para ti, mientras tu risa de cascabel llenaba mis oídos. Pero de eso hace mucho tiempo.
- ¿Y qué ocurrió?-, respondió la niña expectante.
- Un día, viniste a jugar con una pequeña mochila al hombro. No parecía contener gran cosa, pero era bastante pesada. Ese día jugamos y reímos como siempre, pero cada vez que intentaba remontar el vuelo, mis alas protestaban y se fatigaban, porque la mochila pesaba mucho, y al final del día el cansancio se apoderó de mi.
- ¿Y luego qué pasó?
- En los días siguientes siempre venías con tu mochila, que se iba haciendo cada vez más pesada. Cada vez se hacía más difícil levantar el vuelo y cada vez mis alas se cansaban más. Y un día, la carga era tan pesada que ya no pude elevarme del suelo.
Ese día decidimos dar un largo paseo. Juntos, caminamos por la pradera, recorrimos la orilla del río y escuchamos el canto del agua besando a las rocas, al pie de la cascada. Y hablamos, hablamos mucho. De las alegrías y las penas, del amor y el dolor, de los proyectos y los fracasos, de las cosas grandes y pequeñas que componen tu mundo.
Llegó la hora de marchar. Pero antes de hacerlo, me dijiste:
"Caballo, yo ya no tengo tiempo para jugar. Tengo otras ocupaciones. Me necesitan en otro lugar. Otras personas requieren toda mi atención. Pero vendré a visitarte siempre que pueda."
Te vi alejarte de vuelta a tu mundo, soportando el peso de la mochila que doblaba tu espalda, y supe que no te volvería a ver en mucho tiempo.
- Pero yo he vuelto muchas veces a este lugar, y nunca te encontré-, protestó la niña.
- No, mi querida niña; no era a este lugar al que volvías. Tus pasos te llevaban a la gruta de las Sombras Chinescas. Aquel es un lugar bonito, tranquilo y liviano, donde puedes contemplar divertidas aventuras cómodamente sentada mientras, por un rato, dejas de sentir el peso de tu mochila. Pero allí no hay espacio para correr y jugar y volar: solo hay sombras en una pared.
- Pero tú ya no tienes que soportar ninguna carga. Puedes volar libre y sentir el viento en tu rostro. ¿Por qué te quedas aquí?
- Porque me faltan las fuerzas, mi querida niña. Ya no soy capaz ni de ponerme en pie, mucho menos de remontar el vuelo...
- ¿Y eso por qué?
- Porque tú no eres feliz.
Al oir esto la niña se asustó un poquito. En el fondo, sabía que el caballo tenía razón; pero pensaba que nadie se daría cuenta. De repente se sintió un poco azorada.
- Tienes razón, caballo. No se qué hacer para ser feliz.
- Mi niña, no eres feliz porque te olvidaste de amar. Tan ocupada estabas intentando que te amaran, que te olvidaste de hacerlo tú... Creiste, ingenuamente, que atarse a alguien era demostración de amor; pero el amor verdadero no busca atar con cadenas, sino que contribuye a romperlas.
La niña meditó largo rato las palabras de su amigo el caballo. Y luego de mucho pensar, dijo para sí:
"Si me ocupo de mi misma, me olvido de amar, y un manto gris cubre mi corazón. Pero si me ocupo de agradar a los demás, me olvido de mi misma e igualmente un manto gris cubre mi corazón."
Suavemente, como si siguiera sus pensamientos, el caballo relinchó.
Y entonces, la niña comprendió.
Comprendió que lo mejor de cada persona aparece cuando es ofrecido, no cuando se atesora en la oscuridad.
Comprendió que el amor no exige sacrificios, sino que generosamente se ofrece a si mismo.
Comprendió que sólo se ama verdaderamente, cuando se ama al otro igual que a uno mismo, y a uno mismo igual que al otro.
Despertó.
La hoja de papel seguía en blanco. Pero ahora sabía por dónde empezar.
Mientras se disponía a escribir, aún resonaban en su cabeza las últimas palabras del caballo alado: "tal vez sea tiempo de echar un vistazo a esa mochila... y retirar algo de lastre".
A modo de encabezado, escribió la siguiente frase:
"El amor más importante no es el que se recibe, sino el que se da".
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jueves, 31 de marzo de 2011
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Los otros
Sentado, la espalda contra la pared del vagón. Luz blanquecina, indirecta, que ilumina rostros inexpresivos balanceándose levemente al compás del traqueteo. Trac trac. Trac trac.
Enfrente otro pasajero, igual que yo. Detrás, la ventanilla y la oscuridad del túnel, envolviendo y enclaustrando esta diminuta burbuja que desplaza a gran velocidad bajo tierra. No hay otro sitio a donde mirar.
No le miro a los ojos. Los adivino apagados, estáticos. En reposo mientras el reloj interno cuenta el tiempo que resta para llegar a destino. Mirando sin mirar. Como los míos, probablemente.
Trac trac. Trac trac.
No puedo mirarle a los ojos. No está permitido. Sería una inaceptable invasión de privacidad. He de mantenerme neutro, fingiendo que no ocurre nada, que todo está bien. No somos amigos, tan sólo compañeros forzosos de viaje esperando que acabe el trayecto y nos separemos, tal vez para siempre; o tal vez mañana volvamos a fingir que no nos conocemos mientras esperamos a que acabe el trayecto. Y de todos modos, ¿de qué serviría?
Tampoco puedo mirar a otro lado. Eso sería interpretado como muestra de desprecio, como si no soportara la visión de su rostro. Tampoco está permitido. Así que miro sin mirar, y mi mirada se retrae y me sumerjo en el interior de mi propia burbuja.
Trac trac. Trac trac.
El vaivén se une al tedio de la espera, y voy cayendo en un aletargamiento suave. Mi mente adormecida rellena el vacío con imágenes de su propia cosecha. Imágenes sorprendentes, de un azul luminoso, en las que domina una gran esfera amarilla de cálidos rayos que tocan mi frente y mi pecho, elevándome sobre el suelo como si estuviera en un entorno de gravedad cero. Abro los ojos aunque ya estaban abiertos y un paisaje se abre ante mi, y todo aparece brillante y nuevo y como recién hecho.
Recostado contra el árbol, observo con curiosidad una flor, apenas unida a su rama por un delgado tallo verde translúcido. De entre las hojas esmeralda emergen suaves pétalos en explosión multicolor y una gota de agua, amodorrada, se desliza lentamente por ellos, condensando en su reflejo el paisaje circundante. Y entre la amalgama de colores, de formas, de luces, no deja de asombrarme que un espacio tan grande pueda, de todos modos, condensarse en algo tan pequeño.
No se de dónde provienen esas imágenes, pues no recuerdo haberlas visto nunca. Tal vez provengan de una programación anterior. Tal vez necesite ayuda de un especialista. Últimamente me hago demasiadas preguntas.
El túnel se abre y el convoy sale al exterior. La luz gris azulada del planeta Tierra apenas da para descubrir el paisaje lunar, duro y agreste de la mina.
La velocidad se reduce hasta cero. Se abren las puertas y salimos al exterior. Mis articulaciones inferiores se resienten del vacío lunar y tomo nota mental para ir a Mantenimiento. Probablemente necesite grasa nueva.
Hubo un tiempo, dicen, en el que los robots no eramos los únicos habitantes de este lugar. Había otros. Humanidad, los llamaban. Seres de carne y hueso, capaces de sentir y de crear y de asombrarse y de mirar a los ojos.
Me pregunto qué habrá sido de ellos.
Enfrente otro pasajero, igual que yo. Detrás, la ventanilla y la oscuridad del túnel, envolviendo y enclaustrando esta diminuta burbuja que desplaza a gran velocidad bajo tierra. No hay otro sitio a donde mirar.
No le miro a los ojos. Los adivino apagados, estáticos. En reposo mientras el reloj interno cuenta el tiempo que resta para llegar a destino. Mirando sin mirar. Como los míos, probablemente.
Trac trac. Trac trac.
No puedo mirarle a los ojos. No está permitido. Sería una inaceptable invasión de privacidad. He de mantenerme neutro, fingiendo que no ocurre nada, que todo está bien. No somos amigos, tan sólo compañeros forzosos de viaje esperando que acabe el trayecto y nos separemos, tal vez para siempre; o tal vez mañana volvamos a fingir que no nos conocemos mientras esperamos a que acabe el trayecto. Y de todos modos, ¿de qué serviría?
Tampoco puedo mirar a otro lado. Eso sería interpretado como muestra de desprecio, como si no soportara la visión de su rostro. Tampoco está permitido. Así que miro sin mirar, y mi mirada se retrae y me sumerjo en el interior de mi propia burbuja.
Trac trac. Trac trac.
El vaivén se une al tedio de la espera, y voy cayendo en un aletargamiento suave. Mi mente adormecida rellena el vacío con imágenes de su propia cosecha. Imágenes sorprendentes, de un azul luminoso, en las que domina una gran esfera amarilla de cálidos rayos que tocan mi frente y mi pecho, elevándome sobre el suelo como si estuviera en un entorno de gravedad cero. Abro los ojos aunque ya estaban abiertos y un paisaje se abre ante mi, y todo aparece brillante y nuevo y como recién hecho.
Recostado contra el árbol, observo con curiosidad una flor, apenas unida a su rama por un delgado tallo verde translúcido. De entre las hojas esmeralda emergen suaves pétalos en explosión multicolor y una gota de agua, amodorrada, se desliza lentamente por ellos, condensando en su reflejo el paisaje circundante. Y entre la amalgama de colores, de formas, de luces, no deja de asombrarme que un espacio tan grande pueda, de todos modos, condensarse en algo tan pequeño.
No se de dónde provienen esas imágenes, pues no recuerdo haberlas visto nunca. Tal vez provengan de una programación anterior. Tal vez necesite ayuda de un especialista. Últimamente me hago demasiadas preguntas.
El túnel se abre y el convoy sale al exterior. La luz gris azulada del planeta Tierra apenas da para descubrir el paisaje lunar, duro y agreste de la mina.
La velocidad se reduce hasta cero. Se abren las puertas y salimos al exterior. Mis articulaciones inferiores se resienten del vacío lunar y tomo nota mental para ir a Mantenimiento. Probablemente necesite grasa nueva.
Hubo un tiempo, dicen, en el que los robots no eramos los únicos habitantes de este lugar. Había otros. Humanidad, los llamaban. Seres de carne y hueso, capaces de sentir y de crear y de asombrarse y de mirar a los ojos.
Me pregunto qué habrá sido de ellos.
sábado, 1 de diciembre de 2007
Hablemos
Hablemos.
No importa de qué.
Tal vez nos entendamos, o tal vez no.
Pero hablemos.
Tus cosas, mis cosas.
Tu vida, mi vida.
Coincidiremos, tal vez, o no.
Aún así, hablemos.
Tu visión, mi visión.
Tu pasado, mi pasado,
nos diferencian, nos distancian.
Tus miedos, mis reservas,
Tus angustias, mi terquedad.
De todo eso, hablemos.
Te veo, y no eres tú.
Mi ojo te inventa, tu ojo me sueña.
A veces, una breve luz
atraviesa la cortina,
entonces, te veo mirarme
y comprendo.
Por eso,
Hablemos.
No importa de qué.
Tal vez nos entendamos, o tal vez no.
Pero hablemos.
Tus cosas, mis cosas.
Tu vida, mi vida.
Coincidiremos, tal vez, o no.
Aún así, hablemos.
Tu visión, mi visión.
Tu pasado, mi pasado,
nos diferencian, nos distancian.
Tus miedos, mis reservas,
Tus angustias, mi terquedad.
De todo eso, hablemos.
Te veo, y no eres tú.
Mi ojo te inventa, tu ojo me sueña.
A veces, una breve luz
atraviesa la cortina,
entonces, te veo mirarme
y comprendo.
Por eso,
Hablemos.
martes, 27 de noviembre de 2007
La Canción del Hada
No estaba seguro de si ponerla o no, pero al final decidí traérmela del perfil de Lycos aunque sólo fuera por tenerla guardada en algún sitio. Que lo disfrutes.
La Canción del Hada
Caminaba el caminante
camino a la morería;
caminaba por el parque,
y a la luz del mediodía
estaba muy elegante.
Caminando entre los setos,
caminando entre matojos
allí vio un par de polluelos
arrullándose tontuelos
y sin mirarse a los ojos.
Camina ya por la hierba
y mira hacia su derecha
cuando de repente observa
que un extraño ser le acecha,
escondido con reserva
tras una palmera estrecha.
Ser pequeñito y con alas,
que parece mariposa,
pero por su aspecto tierno
el aire de ser eterno
y que además lleva bragas,
tiene la sospecha vaga
que debe ser esto cosa
de la estirpe de las hadas.
Mueve hacia allí los pies
despacito y cauteloso,
buscando no ser patoso
ni espantar tan bello ser,
queriendo hacerle entender
que nada debe temer,
que siendo un ser tan hermoso
y de trato bondadoso
seguro le han de querer.
Se acerca ya con pie firme
y mirada seductora;
el hada vuela a su encuentro
con sonrisa de contento
y, como si fuera un cuento
de abuela en su mecedora,
justo al borde de la linde
de sueños y despertares
cuenta ella sus avatares,
aventuras y vivencias
sus amores y experiencias,
y cómo ha pasado el finde.
Y él escucha atentamente
y sonríe satisfecho
por el trabajo bien hecho...
siente ampliarse su pecho,
siente ampliarse su mente,
siente un lazo muy estrecho
que se anuda lentamente
en torno a su corazón
y canta el hada una canción:
Verde amarillo, verde limón,
verde botella, te amo un montón
verde esmeralda, te he conjurado
con este canto he adormilado,
con mis ojitos, encandilado
y con mi beso estás extasiado...
no te he dejado ninguna opción:
¡caes en mis manos como un melón!
Caminaba el caminante
camino a la morería;
caminaba por el parque,
y a la luz del mediodía
estaba muy elegante.
Caminando entre los setos,
caminando entre matojos
allí vio un par de polluelos
arrullándose tontuelos
y sin mirarse a los ojos.
Camina ya por la hierba
y mira hacia su derecha
cuando de repente observa
que un extraño ser le acecha,
escondido con reserva
tras una palmera estrecha.
Ser pequeñito y con alas,
que parece mariposa,
pero por su aspecto tierno
el aire de ser eterno
y que además lleva bragas,
tiene la sospecha vaga
que debe ser esto cosa
de la estirpe de las hadas.
Mueve hacia allí los pies
despacito y cauteloso,
buscando no ser patoso
ni espantar tan bello ser,
queriendo hacerle entender
que nada debe temer,
que siendo un ser tan hermoso
y de trato bondadoso
seguro le han de querer.
Se acerca ya con pie firme
y mirada seductora;
el hada vuela a su encuentro
con sonrisa de contento
y, como si fuera un cuento
de abuela en su mecedora,
justo al borde de la linde
de sueños y despertares
cuenta ella sus avatares,
aventuras y vivencias
sus amores y experiencias,
y cómo ha pasado el finde.
Y él escucha atentamente
y sonríe satisfecho
por el trabajo bien hecho...
siente ampliarse su pecho,
siente ampliarse su mente,
siente un lazo muy estrecho
que se anuda lentamente
en torno a su corazón
y canta el hada una canción:
Verde amarillo, verde limón,
verde botella, te amo un montón
verde esmeralda, te he conjurado
con este canto he adormilado,
con mis ojitos, encandilado
y con mi beso estás extasiado...
no te he dejado ninguna opción:
¡caes en mis manos como un melón!
Oldies but Goldies
De vez en cuando me da por escribir cositas. Esto de aquí es una canción que escribí el año pasado, dedicada a Anuska. Lo publiqué en el perfil de Lycos, pero creo que ya va siendo hora de quitarlo de ahí y guardarlo en otro lugar. Helo aquí.
La Canción de Anuska y Ozewi
Pendón al viento, espada en ristre,
a Oriente Ozewi cabalga.
Al castillo se dirige,
al castillo de su amada
¡oh Anuska, Anuska querida
Anuska tan bien recordada,
desde aquella tu panadería
en que tu amor se empanara!
El castillo avista, al castillo avanza
y por fin el castillo alcanza;
enormes son las almenas
que frente a él se levantan,
y en lo alto de la torre,
es su amada quien aguarda.
¡no te digo! ya pudiera,
después de esta cabalgada,
bajar tres o cuatro pisos,
¡que tengo las piernas cansadas!
Ozewi mira hacia arriba
pensando ya en la escalada
se va a quitar la armadura
que pesa una tonelada
y para lo que quiere hacer,
no le va a servir de nada.
Coge el garfio y lo voltea,
lo lanza hacia la fachada
tira un poco de la cuerda
por ver si quedó enganchada,
y al tirar ¡MUY SUAVEMENTE!
¡echa abajo una baranda!
Con más puntería lanza,
engancha en una enrejada,
tira otra vez de la cuerda,
esta vez, bien colocada,
y sube con mucho esfuerzo...
¡cómo pesan las fabadas!
Ya llega por fin arriba,
Ya puede ver a su amada,
ya está tocando el cristal
en una suave llamada,
pero el vidrio es Climalit...
¡ventana insonorizada!
y con lo poco que falta
entre oir poco y no oir nada
Anuska mira a otro lado
sin darse por enterada.
Ozewi no ceja, insiste
golpea bien la ventana,
golpea con los nudillos,
con el mango de la espada,
tanto jaleo está armando
que parece una serenata
y mientras, su querida Anuska
¡sigue sin oir nada!
Tantas veces en el vidrio
con la espada golpeaba
que rompe al fin la ventana
dejándola maltratada;
Anuska se da la vuelta,
y mira escandalizada
¡debajo de la armadura
Ozewi no lleva nada!
Mirando con ojos tiernos
a su amada, aquí delante,
Ozewi recita un poema
que le dictó un gran cantante:
"Es una flecha directa
al corazón anhelante,
hará que tu dama caiga
en tus brazos al instante,
y a poco más que le digas
te comerá los guisantes!
Te lo dejo muy barato:
sólo cinco mil besantes".
Así dijo el muy canalla,
así dijo el muy tunante;
se guardó bien su dinero,
dentro de su traje elegante
y no caminó ni cien metros,
por su camino adelante,
el hombre se dio la vuelta
y gritó "¡empanaaaaoooo!"
Ozewi despliega el rollo
trata de aclarar su voz,
y por fin inicia el canto
con ronquera de tenor:
Oh bella flor del jardín,
que hueles a calcetín;
tu cutis es tan bello
como el culo de un camello.
Tu aliento es tan exquisito
como el aceite refrito;
tu boca, tan adorable,
como una muñeca hinchable...
Y si tu corazón late
como una lata de tomate,
he de decirte, ay mi niña
que me recuerdas una piña,
con escamas y burbujones
por casi todos tus rincones.
Y tanto te he de querer,
de este día en adelante,
que quiero hacerte saber
que tú serás la mujer
que nunca me haga un desplante.
Y ahora, para terminar
un regalo te voy a dar:
Estas flores tan bonitas
y este condón sin usar.
La Canción de Anuska y Ozewi
Pendón al viento, espada en ristre,
a Oriente Ozewi cabalga.
Al castillo se dirige,
al castillo de su amada
¡oh Anuska, Anuska querida
Anuska tan bien recordada,
desde aquella tu panadería
en que tu amor se empanara!
El castillo avista, al castillo avanza
y por fin el castillo alcanza;
enormes son las almenas
que frente a él se levantan,
y en lo alto de la torre,
es su amada quien aguarda.
¡no te digo! ya pudiera,
después de esta cabalgada,
bajar tres o cuatro pisos,
¡que tengo las piernas cansadas!
Ozewi mira hacia arriba
pensando ya en la escalada
se va a quitar la armadura
que pesa una tonelada
y para lo que quiere hacer,
no le va a servir de nada.
Coge el garfio y lo voltea,
lo lanza hacia la fachada
tira un poco de la cuerda
por ver si quedó enganchada,
y al tirar ¡MUY SUAVEMENTE!
¡echa abajo una baranda!
Con más puntería lanza,
engancha en una enrejada,
tira otra vez de la cuerda,
esta vez, bien colocada,
y sube con mucho esfuerzo...
¡cómo pesan las fabadas!
Ya llega por fin arriba,
Ya puede ver a su amada,
ya está tocando el cristal
en una suave llamada,
pero el vidrio es Climalit...
¡ventana insonorizada!
y con lo poco que falta
entre oir poco y no oir nada
Anuska mira a otro lado
sin darse por enterada.
Ozewi no ceja, insiste
golpea bien la ventana,
golpea con los nudillos,
con el mango de la espada,
tanto jaleo está armando
que parece una serenata
y mientras, su querida Anuska
¡sigue sin oir nada!
Tantas veces en el vidrio
con la espada golpeaba
que rompe al fin la ventana
dejándola maltratada;
Anuska se da la vuelta,
y mira escandalizada
¡debajo de la armadura
Ozewi no lleva nada!
Mirando con ojos tiernos
a su amada, aquí delante,
Ozewi recita un poema
que le dictó un gran cantante:
"Es una flecha directa
al corazón anhelante,
hará que tu dama caiga
en tus brazos al instante,
y a poco más que le digas
te comerá los guisantes!
Te lo dejo muy barato:
sólo cinco mil besantes".
Así dijo el muy canalla,
así dijo el muy tunante;
se guardó bien su dinero,
dentro de su traje elegante
y no caminó ni cien metros,
por su camino adelante,
el hombre se dio la vuelta
y gritó "¡empanaaaaoooo!"
Ozewi despliega el rollo
trata de aclarar su voz,
y por fin inicia el canto
con ronquera de tenor:
Oh bella flor del jardín,
que hueles a calcetín;
tu cutis es tan bello
como el culo de un camello.
Tu aliento es tan exquisito
como el aceite refrito;
tu boca, tan adorable,
como una muñeca hinchable...
Y si tu corazón late
como una lata de tomate,
he de decirte, ay mi niña
que me recuerdas una piña,
con escamas y burbujones
por casi todos tus rincones.
Y tanto te he de querer,
de este día en adelante,
que quiero hacerte saber
que tú serás la mujer
que nunca me haga un desplante.
Y ahora, para terminar
un regalo te voy a dar:
Estas flores tan bonitas
y este condón sin usar.
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