En estas fechas tan entrañables (y efectivamente algo tienen que ver con las entrañas de cada uno), hay costumbre de reenviar a diestro y siniestro mensajes de felicitación, buenos deseos, recomendaciones para una nueva vida y, ya puestos, incrementar el volumen habitual de chistes, supersticiones y lindezas de mejor o peor gusto.
Tal vez lo más lamentable de todo lo constituyen las cadenas de mensajes falsos, hoax, tonterías que se auto-replican por la red una y otra vez (con la inestimable colaboración de sus lectores, claro). Mensajes de mal gusto casi siempre, que tratan de remover al lector para que lo reenvíe a todos sus contactos... bien con fotos de lo que aparece como una terrible y atroz enfermedad, bien anunciando que alguien recibirá mucho dinero por mensaje reenviado (como si hubiera alguna forma de comprobar eso, mucho menos de contabilizarlo), anunciando desastres o comportamientos horripilantes.
Ya es bastante escabroso que haya quien se dedica a crear estas cadenas, reuniendo material de varias procedencias y haciendo que todo tenga aspecto "creíble". Pero mucho más sorprendente resulta que mucha gente reenvíe estos mensajes, sin tomarse siquiera la molestia de comprobar su veracidad. En la mayoría de los casos, una búsqueda en Google del título del mensaje muestra, entre los primeros lugares, alguna página donde se desmiente el mensaje (si se añade la palabra hoax las posibilidades se incrementan). Pero poca gente hace esto.
Y cada vez que me llega una de estas cadenas... me hago la misma pregunta: ¿es realmente la gente tan crédula, o es una simple cuestión de vagancia?
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sábado, 29 de diciembre de 2007
miércoles, 28 de noviembre de 2007
Educar
¿En qué consiste educar?
Como padre, muchas veces me he hecho esa pregunta. No es fácil, porque no hay un manual de instrucciones "cómo educar a sus hijos"... al menos, ninguno digno de verdadera confianza. Opiniones hay mil, soluciones y trucos hay millones. Y sigue habiendo padres preocupados, ansiosos, tensos, decepcionados, temerosos, incluso desapegados de la educación de sus hijos.
Algunos consideran que lo importante de la educación es dotar al niño de títulos. La educación se reduce a simple progreso escolar, cuantificable, mensurable en términos de éxito o fracaso. De paso, los padres disponen así de una herramienta cómoda y simple para medir su propio éxito como padres... y si las cosas van mal, acuden al psicólogo -para que trate al niño. Entre tanto, es probable que el niño acabe siendo un empollón (caso de tener éxito en la tarea), o un fracasado (caso de no tenerlo); probablemente, en cualquier caso, socialmente inadaptado.
Los abogados del entorno tratan de evitar al niño las "malas influencias". Procuran ocultarle la cara sórdida del mundo, para que crezca en un entorno saludable y enriquecedor. Desgraciadamente, con ello el niño se forma una imagen incorrecta del mundo... algo que le planteará serios problemas cuando, finalmente, se vea envuelto activamente en ese mismo mundo. Pero tarde o temprano el niño descubrirá el engaño (pues es así como lo vivirá), y probablemente adquiera una desconfianza crónica hacia los mayores, un punto de vista cínico sobre el mundo o, tal vez, incluso una fuga de esa obstinada, dolorosa y "equivocada" realidad.
Para algunos, lo importante es la disciplina y el orden. Se da por supuesto que sin un orden y una disciplina no hay progreso posible, y así se somete al niño a una disciplina de horarios, de actividades, de sueño, de amigos, de prácticas saludables. Se espera que el niño adquiera de este modo "hábitos correctos" y acabe haciendo propia esa disciplina para ser, en suma, disciplinado. Lo que adquiere, en cambio, es el hábito de regirse por disciplinas impuestas, cierta rigidez de pensamiento y la tendencia a acatar las normas sin cuestionarlas, siempre sometido a la voluntad de otros; o por el contrario (por efecto péndulo) a renegar de cualquier tipo de orden y control sobre la propia vida, en una espiral de negación sin sentido que suele conducir a la marginación, la exclusión y la autodestrucción.
Hay muchos otros modelos además de estos, en los que es fácil encontrar problemas similares a los descritos.
¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo educar?
Un punto crucial, y que frecuentemente se pasa por alto, es el papel de absoluto protagonista que el niño desempeña en su educación. El proceso de aprendizaje es una tarea dirigida y controlada por quien está aprendiendo, no por quien pretende educar. No es el padre, o el profesor, quien educa al niño, sino el niño quien aprende de ellos. Aprender es una capacidad intrínseca del ser humano; educar, entonces, tendrá que ser básicamente orientar al niño para que desarrolle al máximo, desde dentro, su capacidad de aprender.
Así, en lugar de conseguir títulos, importa que el niño adquiera conocimientos sobre el mundo que le rodea y que aprenda a manejarlos; que aprenda a obtenerlos, a relacionarlos, a extraer conclusiones, a extrapolarlos. Importa que el niño aprenda a pensar.
En lugar de aislarle en un entorno confortable, importa que el niño se abra al mundo, lo conozca, lo integre, aprenda de las cosas que se han probado ya y del resultado que producen. Importa que el niño aprenda qué cosas necesitan ser cambiadas en el mundo en que vive, para así estar dispuesto a cambiarlas cuando llegue su momento.
En lugar de someter al niño a un esquema externo, diseñado por otros, importa que el niño aprenda a diseñar su propio esquema, aprenda a establecer sus propias normas, a desarrollar su propio criterio.
Educar consiste, en definitiva, en guiar el proceso que convierte a un bebé recién nacido absolutamente dependiente de sus padres, en un ser humano adulto, independiente y capacitado para transformar el mundo en el que vive.
Como padre, muchas veces me he hecho esa pregunta. No es fácil, porque no hay un manual de instrucciones "cómo educar a sus hijos"... al menos, ninguno digno de verdadera confianza. Opiniones hay mil, soluciones y trucos hay millones. Y sigue habiendo padres preocupados, ansiosos, tensos, decepcionados, temerosos, incluso desapegados de la educación de sus hijos.
Algunos consideran que lo importante de la educación es dotar al niño de títulos. La educación se reduce a simple progreso escolar, cuantificable, mensurable en términos de éxito o fracaso. De paso, los padres disponen así de una herramienta cómoda y simple para medir su propio éxito como padres... y si las cosas van mal, acuden al psicólogo -para que trate al niño. Entre tanto, es probable que el niño acabe siendo un empollón (caso de tener éxito en la tarea), o un fracasado (caso de no tenerlo); probablemente, en cualquier caso, socialmente inadaptado.
Los abogados del entorno tratan de evitar al niño las "malas influencias". Procuran ocultarle la cara sórdida del mundo, para que crezca en un entorno saludable y enriquecedor. Desgraciadamente, con ello el niño se forma una imagen incorrecta del mundo... algo que le planteará serios problemas cuando, finalmente, se vea envuelto activamente en ese mismo mundo. Pero tarde o temprano el niño descubrirá el engaño (pues es así como lo vivirá), y probablemente adquiera una desconfianza crónica hacia los mayores, un punto de vista cínico sobre el mundo o, tal vez, incluso una fuga de esa obstinada, dolorosa y "equivocada" realidad.
Para algunos, lo importante es la disciplina y el orden. Se da por supuesto que sin un orden y una disciplina no hay progreso posible, y así se somete al niño a una disciplina de horarios, de actividades, de sueño, de amigos, de prácticas saludables. Se espera que el niño adquiera de este modo "hábitos correctos" y acabe haciendo propia esa disciplina para ser, en suma, disciplinado. Lo que adquiere, en cambio, es el hábito de regirse por disciplinas impuestas, cierta rigidez de pensamiento y la tendencia a acatar las normas sin cuestionarlas, siempre sometido a la voluntad de otros; o por el contrario (por efecto péndulo) a renegar de cualquier tipo de orden y control sobre la propia vida, en una espiral de negación sin sentido que suele conducir a la marginación, la exclusión y la autodestrucción.
Hay muchos otros modelos además de estos, en los que es fácil encontrar problemas similares a los descritos.
¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo educar?
Un punto crucial, y que frecuentemente se pasa por alto, es el papel de absoluto protagonista que el niño desempeña en su educación. El proceso de aprendizaje es una tarea dirigida y controlada por quien está aprendiendo, no por quien pretende educar. No es el padre, o el profesor, quien educa al niño, sino el niño quien aprende de ellos. Aprender es una capacidad intrínseca del ser humano; educar, entonces, tendrá que ser básicamente orientar al niño para que desarrolle al máximo, desde dentro, su capacidad de aprender.
Así, en lugar de conseguir títulos, importa que el niño adquiera conocimientos sobre el mundo que le rodea y que aprenda a manejarlos; que aprenda a obtenerlos, a relacionarlos, a extraer conclusiones, a extrapolarlos. Importa que el niño aprenda a pensar.
En lugar de aislarle en un entorno confortable, importa que el niño se abra al mundo, lo conozca, lo integre, aprenda de las cosas que se han probado ya y del resultado que producen. Importa que el niño aprenda qué cosas necesitan ser cambiadas en el mundo en que vive, para así estar dispuesto a cambiarlas cuando llegue su momento.
En lugar de someter al niño a un esquema externo, diseñado por otros, importa que el niño aprenda a diseñar su propio esquema, aprenda a establecer sus propias normas, a desarrollar su propio criterio.
Educar consiste, en definitiva, en guiar el proceso que convierte a un bebé recién nacido absolutamente dependiente de sus padres, en un ser humano adulto, independiente y capacitado para transformar el mundo en el que vive.
La otra cara de Africa
En estas fechas tan entrañables, tan dadas al amooooor y a los buenos sentimientos, hay en la TV (y la radio y la prensa) montañas y montañas de anuncios que tratan de apelar a esa sensibilidad para.... sacarnos la pasta.
La mayoría son imágenes tristes, lacrimógenas, sucias, lamentables. Reflejan sufrimiento y lanzan un mensaje claro: acaba con este sufrimiento dándonos tu dinero.
En realidad, esto muestra hasta qué punto es cierto que, en este sistema, todo es un negocio. Empresas vestidas de ONG comercian con las imágenes de sufrimiento obtenidas en cualquier sitio. Venden tranquilidad de conciencia, de modo muy similar a como, no hace tanto, la iglesia católica vendía bulas e indulgencias por un puñado de dólares. Qué parte de ese dinero realmente llega a quien lo necesita, es un dato que no se suele decir, puesto que rara vez llega al 20%.
Pero al margen del negocio de la navidad, lo más patético es que estas imágenes reflejan una visión del Africa que no es cierta. Occidente se viste de bienpensante para criticar, como una vieja envidiosa y caduca, el empuje juvenil de Africa y buena parte de Asia. La realidad es bien otra que la que se presenta: a poco que uno viaje y vea mundo, enseguida descubre que ese mundo triste, gris, lúgubre y lamentable no se encuentra al ir, sino al volver. Y a veces uno se pregunta si realmente merece la pena volver.
La mayoría son imágenes tristes, lacrimógenas, sucias, lamentables. Reflejan sufrimiento y lanzan un mensaje claro: acaba con este sufrimiento dándonos tu dinero.
En realidad, esto muestra hasta qué punto es cierto que, en este sistema, todo es un negocio. Empresas vestidas de ONG comercian con las imágenes de sufrimiento obtenidas en cualquier sitio. Venden tranquilidad de conciencia, de modo muy similar a como, no hace tanto, la iglesia católica vendía bulas e indulgencias por un puñado de dólares. Qué parte de ese dinero realmente llega a quien lo necesita, es un dato que no se suele decir, puesto que rara vez llega al 20%.
Pero al margen del negocio de la navidad, lo más patético es que estas imágenes reflejan una visión del Africa que no es cierta. Occidente se viste de bienpensante para criticar, como una vieja envidiosa y caduca, el empuje juvenil de Africa y buena parte de Asia. La realidad es bien otra que la que se presenta: a poco que uno viaje y vea mundo, enseguida descubre que ese mundo triste, gris, lúgubre y lamentable no se encuentra al ir, sino al volver. Y a veces uno se pregunta si realmente merece la pena volver.
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