Escrito en Los Andes, 31 de diciembre de 2009.
Nunca estuve antes en este lugar
nunca mis ojos recorrieron, ávidos, la seca y árida vegetación
nunca estas tallas a escala gigantesca alcanzaron mi alma
nunca el recodo del camino me esperó anhelante.
Nunca el vacío junto a mi me pareció tan lleno
nunca el comentario no dicho, tan acertado
nunca tu sombra ausente, tan luminosa.
La montaña me rodea, imponente,
pero cuando mañana todo esto sea un recuerdo,
no estarás en él.
sábado, 23 de julio de 2016
lunes, 21 de diciembre de 2015
Complementación
Resultado interesante el de las elecciones recién celebradas. Interesante porque la ausencia de mayorías claras abrirá, probablemente, un período en el que necesariamente habrá debate y búsqueda de confluencias, seguido probablemente de una legislatura corta.
Interesante también el giro dado por Podemos en la campaña, que ha alcanzado un resultado mucho mejor de lo que se pronosticaba al inicio de la misma. No obstante, muchos votantes de Podemos se lamentan del voto perdido de Izquierda Unida-Unidad Popular, cerca de un millón de votos que solo se han traducido en dos escaños.
Al margen de la injusta ley electoral -particularmente, de la división en circunscripciones provinciales-, quiero señalar en especial ese giro de discurso que, a mi juicio, ha sido el gran ganador.
Podemos nació y creció inicialmente del discurso de los indignados, heredero directo del 15M que trató de recoger la indignación popular y llevarla a la arena política. Alejado del adormecedor discurso políticamente correcto que dominaba la escena, Podemos se llenó de soflamas, de eslóganes impregnados de denuncia y de dedos acusadores. Así llegó a las elecciones europeas de 2014 y cosechó un resultado inesperado que hizo saltar muchos tópicos por los aires.
De indignación en indignación, más y más gente se activó políticamente al calor del discurso de Podemos, cuyas expectativas crecieron a gran velocidad. Pero llegado cierto punto, el discurso de la indignación se agotó, y las expectativas comenzaron a decrecer. La gente empezaba a abandonar a Podemos.
¿Qué fue lo que ocurrió? Ocurrió que la indignación no es algo que pueda sostenerse mucho tiempo, porque exige un gran desgaste energético. La indignación sirvió para sacudir a la gente, sacarla del comfortably noumb y reactivar la política. Pero lo que el 15M realmente propuso no fue la indignación sino el inclusivismo, el consenso entendido como todo el mundo cuenta, la complementación.
Se empezó a ver el desgaste del discurso en las elecciones andaluzas de marzo, en las que Podemos alcanzó un buen resultado pero lejos de las expectativas que se habían formado. Pero quedó mucho más caro en las siguientes elecciones, en las que Podemos se presentó a las autonómicas pero no a las municipales. Es decir, no en solitario, sino en candidaturas de confluencia. En muchos casos, pero especialmente en ciudades grandes, las candidaturas de confluencia recibieron más votos que Podemos en solitario.
Muchos pensaron (yo incluido) que ello demostraba la superioridad de la confluencia frente a un partido solo. Pero no era verdad: Izquierda Unida es en si misma una confluencia y su apoyo nunca ha despegado realmente. La verdadera diferencia es el discurso. Manuela Carmena y Ada Colau parecen haber entendido la importancia de no trazar barreras ni hacer bandos irreconciliables: su discurso se dirige a todo el mundo para que todo el mundo se pueda sentir incluído. Ya no más pureza de sangre.
Pablo Iglesias y su equipo tardaron un tiempo en entender esto; tiempo durante el cual sus expectativas siguieron descendiendo hasta tocar fondo en las elecciones catalanas (coincidiendo con la salida de Monedero de la dirección del partido). Tal vez fuera a raíz del mal resultado, o tal vez a raíz de las conversaciones con Barcelona en Comú para la siguiente cita electoral, el caso es que a partir de ahí el discurso cambió. El tono fue otro, y a medida que la dirigencia de Podemos se fue soltando (la incorporación de Ada Colau al equipo de campaña seguramente tuvo mucho que ver en ello) las expectativas volvieron a crecer. En la recta final incluso se creyó estar rozando la victoria.
Este cambio de discurso es lo que no se ha entendido en Izquierda Unida. IU sigue hablando de lucha de clases como si la gente estuviera encuadrada en bandos irreconciliables, como si las personas quedaran definidas por su nivel adquisitivo, y en función de éste ya quedase mecánicamente determinado a quién deberían dar su voto. Como si, de alguna manera, las personas de clase baja se estuvieran equivocando al votar a alguien que no fueran ellos mismos.
Alguien lo denominó política femenina, una definición sintética que comparto plenamente. ¿Podrá Pablo Iglesias soltar toda la construcción y apoyar a una candidata a la presidencia?
Interesante también el giro dado por Podemos en la campaña, que ha alcanzado un resultado mucho mejor de lo que se pronosticaba al inicio de la misma. No obstante, muchos votantes de Podemos se lamentan del voto perdido de Izquierda Unida-Unidad Popular, cerca de un millón de votos que solo se han traducido en dos escaños.
Al margen de la injusta ley electoral -particularmente, de la división en circunscripciones provinciales-, quiero señalar en especial ese giro de discurso que, a mi juicio, ha sido el gran ganador.
Podemos nació y creció inicialmente del discurso de los indignados, heredero directo del 15M que trató de recoger la indignación popular y llevarla a la arena política. Alejado del adormecedor discurso políticamente correcto que dominaba la escena, Podemos se llenó de soflamas, de eslóganes impregnados de denuncia y de dedos acusadores. Así llegó a las elecciones europeas de 2014 y cosechó un resultado inesperado que hizo saltar muchos tópicos por los aires.
De indignación en indignación, más y más gente se activó políticamente al calor del discurso de Podemos, cuyas expectativas crecieron a gran velocidad. Pero llegado cierto punto, el discurso de la indignación se agotó, y las expectativas comenzaron a decrecer. La gente empezaba a abandonar a Podemos.
¿Qué fue lo que ocurrió? Ocurrió que la indignación no es algo que pueda sostenerse mucho tiempo, porque exige un gran desgaste energético. La indignación sirvió para sacudir a la gente, sacarla del comfortably noumb y reactivar la política. Pero lo que el 15M realmente propuso no fue la indignación sino el inclusivismo, el consenso entendido como todo el mundo cuenta, la complementación.
Se empezó a ver el desgaste del discurso en las elecciones andaluzas de marzo, en las que Podemos alcanzó un buen resultado pero lejos de las expectativas que se habían formado. Pero quedó mucho más caro en las siguientes elecciones, en las que Podemos se presentó a las autonómicas pero no a las municipales. Es decir, no en solitario, sino en candidaturas de confluencia. En muchos casos, pero especialmente en ciudades grandes, las candidaturas de confluencia recibieron más votos que Podemos en solitario.
Muchos pensaron (yo incluido) que ello demostraba la superioridad de la confluencia frente a un partido solo. Pero no era verdad: Izquierda Unida es en si misma una confluencia y su apoyo nunca ha despegado realmente. La verdadera diferencia es el discurso. Manuela Carmena y Ada Colau parecen haber entendido la importancia de no trazar barreras ni hacer bandos irreconciliables: su discurso se dirige a todo el mundo para que todo el mundo se pueda sentir incluído. Ya no más pureza de sangre.
Pablo Iglesias y su equipo tardaron un tiempo en entender esto; tiempo durante el cual sus expectativas siguieron descendiendo hasta tocar fondo en las elecciones catalanas (coincidiendo con la salida de Monedero de la dirección del partido). Tal vez fuera a raíz del mal resultado, o tal vez a raíz de las conversaciones con Barcelona en Comú para la siguiente cita electoral, el caso es que a partir de ahí el discurso cambió. El tono fue otro, y a medida que la dirigencia de Podemos se fue soltando (la incorporación de Ada Colau al equipo de campaña seguramente tuvo mucho que ver en ello) las expectativas volvieron a crecer. En la recta final incluso se creyó estar rozando la victoria.
Este cambio de discurso es lo que no se ha entendido en Izquierda Unida. IU sigue hablando de lucha de clases como si la gente estuviera encuadrada en bandos irreconciliables, como si las personas quedaran definidas por su nivel adquisitivo, y en función de éste ya quedase mecánicamente determinado a quién deberían dar su voto. Como si, de alguna manera, las personas de clase baja se estuvieran equivocando al votar a alguien que no fueran ellos mismos.
Alguien lo denominó política femenina, una definición sintética que comparto plenamente. ¿Podrá Pablo Iglesias soltar toda la construcción y apoyar a una candidata a la presidencia?
lunes, 28 de septiembre de 2015
La Farsa
Hace algo más de cuatro años, un grupo de personas decidió manifestarse en la calle reclamando más democracia. Pocos días después, miles y miles de personas fueron concentrándose en la Puerta del Sol en la mayor reunión espontánea que ha conocido la historia de nuestro país. En aquel 15 de Mayo florecieron pancartas con lemas nuevos y desconocidos: "lo llaman democracia y no lo es", "no nos representan", "no hay pan para tanto chorizo"...
Todo aquello se podría resumir en una sola idea: Todo esto es una farsa. La democracia es una farsa, los políticos son farsantes, los líderes sindicales son farsantes. Quien de verdad gobierna es el dinero. Y estamos hartos de tanta farsa.
Durante los meses siguientes, la gente que protagonizó todo aquello trató de dar una respuesta diferente. Salir de la farsa. ¿Cómo se podría lograr? Nadie lo sabía: llevamos demasiado tiempo viviendo en una farsa, sospechando que cualquiera puede ser un farsante, que todos los demás lo son. En un largo proceso fuimos aprendiendo a confiar un poco en los demás, a hacer las cosas entre todos, a tomar las riendas de nuestro destino sin esperar que alguien nos resuelva los problemas. Surgieron las Mareas ciudadanas y un ciclo de manifestaciones masivas continuas como nunca se habían visto; el Poder se vio obligado a usar sus peores armas y quedar en evidencia ("que soy compañero coño") hasta llevar la farsa al grado de esperpento. Pero no fue suficiente.
Poco a poco cundió la idea de que la movilización callejera no iba a bastar para cambiar las cosas: se hacía necesario llegar a las instituciones. De entre la movilización surgió una propuesta: una confluencia ciudadana que aglutinase a todos los impulsores del cambio y que llevase a los ciudadanos hasta las instituciones. Nació Juntos Podemos.
Juntos Podemos, más tarde Podemos, se hizo viral denunciando la farsa de la política. Se eligió portavoz a un militante de base que llevaba ya años denunciando farsantes: una persona de habla tranquila, alejada de la grandilocuencia falsa de los profesionales, capaz de colocar a cada uno en su sitio, y lo bastante humilde para no considerarse más que un portavoz. Con aquellos argumentos, con cinco propuestas elegidas entre todos, y un puñado de euros puestos a escote, aquel partido minúsculo dio la campanada en unas elecciones logrando el 8% de los votos. Siempre fue la denuncia de la farsa y la renuncia a participar de ella lo que creó ilusión, lo que movilizó y entusiasmó, lo que aglutinó a más y más gente alrededor.
Desde entonces, sin embargo, el objetivo cambió. Se entendió que implementar cualquier cambio requiere una victoria electoral, esto se convirtió en objetivo prioritario y, para lograrlo, hubo que entrar a formar parte de la farsa. Podemos se convirtió en una farsa.
Fueron una farsa las elecciones internas con "listas plancha", disfrazadas de democráticas pero que no lo eran tanto. Lo fueron también las primarias, en las que no se habló, ni se votó, sobre los pactos preelectorales que se dieron después. Lo fueron, también, las elecciones municipales, aquellas en las que Podemos ganó alcaldías a pesar de no haberse presentado. Es una farsa cada vez mayor el discurso político, cuyos modos y contenidos resultan cada vez más parecidos a una representación teatral, una puesta en escena dirigida a enardecer a las masas haciendo el menor compromiso posible.
A estas alturas, el impulso inicial de Podemos está prácticamente amortizado, sin solución de continuidad y con expectativa de seguir decayendo. Y las soluciones que se proponen son ... las de seguir en la farsa, tratando de adivinar qué poses, qué temas, qué tópicos atraerán de nuevo el voto.
Estamos hartos de farsantes. Manuela Carmena y Ada Colau recibieron el respando que recibieron por su sinceridad, porque no son farsantes, son personas conocidas por su actividad pública lejos de la farsa. Ellas no quieren integrarse en Podemos, dudan mucho antes de dar su apoyo, porque no quieren tener que desdecirse después.
Podemos sólo podrá resurgir con esta idea en mente: renunciar a la farsa.
Y si no resurge, inventaremos otro.
Todo aquello se podría resumir en una sola idea: Todo esto es una farsa. La democracia es una farsa, los políticos son farsantes, los líderes sindicales son farsantes. Quien de verdad gobierna es el dinero. Y estamos hartos de tanta farsa.
Durante los meses siguientes, la gente que protagonizó todo aquello trató de dar una respuesta diferente. Salir de la farsa. ¿Cómo se podría lograr? Nadie lo sabía: llevamos demasiado tiempo viviendo en una farsa, sospechando que cualquiera puede ser un farsante, que todos los demás lo son. En un largo proceso fuimos aprendiendo a confiar un poco en los demás, a hacer las cosas entre todos, a tomar las riendas de nuestro destino sin esperar que alguien nos resuelva los problemas. Surgieron las Mareas ciudadanas y un ciclo de manifestaciones masivas continuas como nunca se habían visto; el Poder se vio obligado a usar sus peores armas y quedar en evidencia ("que soy compañero coño") hasta llevar la farsa al grado de esperpento. Pero no fue suficiente.
Poco a poco cundió la idea de que la movilización callejera no iba a bastar para cambiar las cosas: se hacía necesario llegar a las instituciones. De entre la movilización surgió una propuesta: una confluencia ciudadana que aglutinase a todos los impulsores del cambio y que llevase a los ciudadanos hasta las instituciones. Nació Juntos Podemos.
Juntos Podemos, más tarde Podemos, se hizo viral denunciando la farsa de la política. Se eligió portavoz a un militante de base que llevaba ya años denunciando farsantes: una persona de habla tranquila, alejada de la grandilocuencia falsa de los profesionales, capaz de colocar a cada uno en su sitio, y lo bastante humilde para no considerarse más que un portavoz. Con aquellos argumentos, con cinco propuestas elegidas entre todos, y un puñado de euros puestos a escote, aquel partido minúsculo dio la campanada en unas elecciones logrando el 8% de los votos. Siempre fue la denuncia de la farsa y la renuncia a participar de ella lo que creó ilusión, lo que movilizó y entusiasmó, lo que aglutinó a más y más gente alrededor.
Desde entonces, sin embargo, el objetivo cambió. Se entendió que implementar cualquier cambio requiere una victoria electoral, esto se convirtió en objetivo prioritario y, para lograrlo, hubo que entrar a formar parte de la farsa. Podemos se convirtió en una farsa.
Fueron una farsa las elecciones internas con "listas plancha", disfrazadas de democráticas pero que no lo eran tanto. Lo fueron también las primarias, en las que no se habló, ni se votó, sobre los pactos preelectorales que se dieron después. Lo fueron, también, las elecciones municipales, aquellas en las que Podemos ganó alcaldías a pesar de no haberse presentado. Es una farsa cada vez mayor el discurso político, cuyos modos y contenidos resultan cada vez más parecidos a una representación teatral, una puesta en escena dirigida a enardecer a las masas haciendo el menor compromiso posible.
A estas alturas, el impulso inicial de Podemos está prácticamente amortizado, sin solución de continuidad y con expectativa de seguir decayendo. Y las soluciones que se proponen son ... las de seguir en la farsa, tratando de adivinar qué poses, qué temas, qué tópicos atraerán de nuevo el voto.
Estamos hartos de farsantes. Manuela Carmena y Ada Colau recibieron el respando que recibieron por su sinceridad, porque no son farsantes, son personas conocidas por su actividad pública lejos de la farsa. Ellas no quieren integrarse en Podemos, dudan mucho antes de dar su apoyo, porque no quieren tener que desdecirse después.
Podemos sólo podrá resurgir con esta idea en mente: renunciar a la farsa.
Y si no resurge, inventaremos otro.
viernes, 11 de septiembre de 2015
Derecho a decidir
A pocas semanas de las elecciones catalanas, el debate parece centrado en la cuestión nacionalista. El bloque de Junts pel Si propone la independencia de Catalunya, con un proyecto para lograrlo en 18 meses a partir de su (hipotética) mayoría absoluta. En el otro lado, sin conformar un frente definido, los partidos calificados de españolistas (PP, PSC, C's) proponen básicamente mantener el status quo apelando a la legalidad, o en todo caso hacer algunas reformas del modelo actual. El bloque Catalunya Si Que Es Pot trata de buscar su sitio un poco en medio de los otros dos. Y en ese contexto, mucha gente se siente alienada al percibir que el debate se ha centrado en las naciones y no en las personas, como si éstas fueran menos importantes que aquéllas, y tratan de hacer ver que el concepto de "nación" está obsoleto y debería descartarse.
Desde luego, no puede negarse que en el momento actual la "nación" como concepto organizativo se está desarticulando, tanto "por arriba" como "por abajo". Sin embargo esto no significa avanzar hacia un megaestado centralista. Mejor dicho, en los planes del capitalismo financiero sí que se avanza en esa dirección, siempre que ese centralismo se refiera a la dirección de la economía y el capital. En lo social, en cambio, parece evidente que conjuntos de cientos de millones de personas requieren de toda una estructura de ámbitos de distintas dimensiones para organizarse.
La democracia no solamente consiste en otorgar el poder al pueblo, sino también en repartir competencias en el ámbito adecuado. En ese aspecto, el concepto de "estado-nación" con la mayor parte del poder acaparado en una sola instancia, demuestra ya su edad y poca adaptabilidad. Se hace evidente que algunas competencias han de elevarse a un ámbito regional, supranacional, y otras han de bajar a un ámbito menor como es el federal / autonómico. Se trata de un fenómeno sistémico, como lo demuestra la proliferación de nacionalismos por toda Europa (Reino Unido, Italia, Bélgica, incluso la hipercentralista Francia de la que España copió el modelo).
El trasfondo del debate nacionalista consiste en que la gente está harta de que la mayoría de decisiones que le afectan se tomen "en otra parte". La gente quiere decidir sobre su propia vida, tomar parte en las decisiones que le afectan directamente, empoderarse.
Ahora bien: una cosa es el sentir de la gente y otra cosa son las pretensiones de los políticos. Si se trata de decidir el ámbito de cada competencia, es decir, el reparto de poder, cada político tratará de que su ámbito particular acapare el máximo poder posible, y apelará de continuo al apasionamiento y no al debate racional porque el debate racional no le interesa. De un lado y de otro se trata de apelar a un "sentimiento nacionalista" e identitario (aplicado, según el caso, a Catalunya o a España) continuando el viejo juego de las pasiones.
El problema que tenemos con esto último es que, según se ha comprobado, las pasiones mueven pero las ideas no. La izquierda lleva mucho tiempo apelando a las ideas, al materialismo científico, a "demostraciones" de la superioridad del modelo... con el pobre resultado ya conocido. Las ideas no movilizan. Ha sido un fuerte sentimiento (la "indignación") el que ha producido la movilización que se ha concretado en Podemos. Pero en el debate catalán, Podemos (CSQEP) se encuentra en el medio de un fuego cruzado de dos emociones que cuentan con mucho arraigo y que, a pesar de su desgaste, siguen teniendo mucha fuerza.
¿En qué punto tratará entonces de situarse Podemos? Sería un grueso error tratar de apelar al debate, a las ideas, a la lógica para conquistar su espacio. Insisto: las ideas no movilizan. Las ideas han de exponerse, con claridad y eficacia, pero también ha de apelarse a ideas-fuerza con contenido emocional.
En mi opinión, la mejor línea que Podemos puede seguir es aquella que le dio origen: la indignación. Buscar, profundizar qué es exactamente lo que provoca la indignación (de los catalanes en este caso) y hacer de ello su discurso con propuestas de superación. Quiero decir: no basta con señalar a los corruptos, hay que proponer formas de evitar la corrupción. No basta con el derecho a decidir, hay que exponer qué implicaría cada decisión. La gran baza de Podemos es presentarse como el partido de la democracia, el partido en el que democracia significa que nadie te puede quitar el derecho a decidir.
Desde luego, no puede negarse que en el momento actual la "nación" como concepto organizativo se está desarticulando, tanto "por arriba" como "por abajo". Sin embargo esto no significa avanzar hacia un megaestado centralista. Mejor dicho, en los planes del capitalismo financiero sí que se avanza en esa dirección, siempre que ese centralismo se refiera a la dirección de la economía y el capital. En lo social, en cambio, parece evidente que conjuntos de cientos de millones de personas requieren de toda una estructura de ámbitos de distintas dimensiones para organizarse.
La democracia no solamente consiste en otorgar el poder al pueblo, sino también en repartir competencias en el ámbito adecuado. En ese aspecto, el concepto de "estado-nación" con la mayor parte del poder acaparado en una sola instancia, demuestra ya su edad y poca adaptabilidad. Se hace evidente que algunas competencias han de elevarse a un ámbito regional, supranacional, y otras han de bajar a un ámbito menor como es el federal / autonómico. Se trata de un fenómeno sistémico, como lo demuestra la proliferación de nacionalismos por toda Europa (Reino Unido, Italia, Bélgica, incluso la hipercentralista Francia de la que España copió el modelo).
El trasfondo del debate nacionalista consiste en que la gente está harta de que la mayoría de decisiones que le afectan se tomen "en otra parte". La gente quiere decidir sobre su propia vida, tomar parte en las decisiones que le afectan directamente, empoderarse.
Ahora bien: una cosa es el sentir de la gente y otra cosa son las pretensiones de los políticos. Si se trata de decidir el ámbito de cada competencia, es decir, el reparto de poder, cada político tratará de que su ámbito particular acapare el máximo poder posible, y apelará de continuo al apasionamiento y no al debate racional porque el debate racional no le interesa. De un lado y de otro se trata de apelar a un "sentimiento nacionalista" e identitario (aplicado, según el caso, a Catalunya o a España) continuando el viejo juego de las pasiones.
El problema que tenemos con esto último es que, según se ha comprobado, las pasiones mueven pero las ideas no. La izquierda lleva mucho tiempo apelando a las ideas, al materialismo científico, a "demostraciones" de la superioridad del modelo... con el pobre resultado ya conocido. Las ideas no movilizan. Ha sido un fuerte sentimiento (la "indignación") el que ha producido la movilización que se ha concretado en Podemos. Pero en el debate catalán, Podemos (CSQEP) se encuentra en el medio de un fuego cruzado de dos emociones que cuentan con mucho arraigo y que, a pesar de su desgaste, siguen teniendo mucha fuerza.
¿En qué punto tratará entonces de situarse Podemos? Sería un grueso error tratar de apelar al debate, a las ideas, a la lógica para conquistar su espacio. Insisto: las ideas no movilizan. Las ideas han de exponerse, con claridad y eficacia, pero también ha de apelarse a ideas-fuerza con contenido emocional.
En mi opinión, la mejor línea que Podemos puede seguir es aquella que le dio origen: la indignación. Buscar, profundizar qué es exactamente lo que provoca la indignación (de los catalanes en este caso) y hacer de ello su discurso con propuestas de superación. Quiero decir: no basta con señalar a los corruptos, hay que proponer formas de evitar la corrupción. No basta con el derecho a decidir, hay que exponer qué implicaría cada decisión. La gran baza de Podemos es presentarse como el partido de la democracia, el partido en el que democracia significa que nadie te puede quitar el derecho a decidir.
jueves, 14 de agosto de 2014
El artículo 135
Existen dos deudas diferentes. Por un lado está la deuda pública: el Estado pide dinero prestado para hacer frente a sus gastos, a cuenta de lo que ingresará a través de los impuestos. Por otro lado está la deuda privada, de la que es caso particular la deuda financiera: los bancos piden dinero prestado, bien para volverlo a prestar o para especular con él.
En teoría, el Estado es responsable de la deuda pública y cada deudor es responsable de su deuda privada. En teoría.
Cuando estalló la burbuja inmobiliaria, los bancos españoles comenzaron a tener problemas serios. Habían invertido mucho dinero en financiar la construcción de nuevas viviendas, pero a medida que el mercado se venía abajo iba quedando claro que no se iban a vender. Quebraron constructoras e inmobiliarias y los bancos se quedaron con casas que no se vendían, algunas a medio construir, muchas de ellas sobrevaluadas en un mercado a la baja.
Los bancos españoles se encontraron debiendo más de 200.000 millones a los bancos alemanes, y sin garantías de que pudieran devolverlo. Entonces, el gobierno español, instruido por el alemán, hizo dos cosas:
El discurso de PP y PSOE se centró en la idea de que, de no haber reformado la Constitución, el Estado habría tenido problemas para financiarse, ya que nadie se fiaría de prestar un dinero a un Estado sin garantías de devolución. Ahora bien, la deuda en realidad era de los bancos, no del Estado. En realidad el Estado adquirió la deuda en el mismo momento en que se reformaba la Constitución.
¿Qué hubiera ocurrido si no se hubiera reformado la Constitución? Probablemente no habría cambiado nada. El BCE estaba demasiado interesado en prestar el dinero ya que, en definitiva, se trataba de que los bancos alemanes se asegurasen el cobro de las deudas de los bancos españoles. Todo lo que el BCE quería era asegurarse el cobro de la deuda incluso si cambiaba el gobierno o quebraban los bancos españoles.
¿Y qué ha pasado gracias a haberlo reformado? Pues que el Estado debe 200.000 millones más (un 25% de la deuda pública), y que el Estado tiene ahora unos problemas financieros que antes no tenía. ¿Nos financia el BCE gracias a esa reforma? pues no. Seguimos financiándonos en el mercado financiero a un interés mucho más alto.
Y lo que es peor: los bancos no han empleado esos 200.000 millones en pagar la deuda, sino que los han vuelto a invertir en mercados especulativos, como los mercados de divisas, el petróleo o el agronegocio. Dentro de pocos años, la maniobra se repetirá.
En teoría, el Estado es responsable de la deuda pública y cada deudor es responsable de su deuda privada. En teoría.
Cuando estalló la burbuja inmobiliaria, los bancos españoles comenzaron a tener problemas serios. Habían invertido mucho dinero en financiar la construcción de nuevas viviendas, pero a medida que el mercado se venía abajo iba quedando claro que no se iban a vender. Quebraron constructoras e inmobiliarias y los bancos se quedaron con casas que no se vendían, algunas a medio construir, muchas de ellas sobrevaluadas en un mercado a la baja.
Los bancos españoles se encontraron debiendo más de 200.000 millones a los bancos alemanes, y sin garantías de que pudieran devolverlo. Entonces, el gobierno español, instruido por el alemán, hizo dos cosas:
- Pedir un préstamo de 200.000 millones al Banco Central Europeo, con el Estado como garante, que se entregó directamente a los bancos afectados, para que éstos a su vez los empleasen en pagar sus deudas.
- Reformar la Constitución (el famoso artículo 135) de modo que la devolución de ese préstamo y sus intereses fuera prioritario por encima de cualquier otro gasto.
El discurso de PP y PSOE se centró en la idea de que, de no haber reformado la Constitución, el Estado habría tenido problemas para financiarse, ya que nadie se fiaría de prestar un dinero a un Estado sin garantías de devolución. Ahora bien, la deuda en realidad era de los bancos, no del Estado. En realidad el Estado adquirió la deuda en el mismo momento en que se reformaba la Constitución.
¿Qué hubiera ocurrido si no se hubiera reformado la Constitución? Probablemente no habría cambiado nada. El BCE estaba demasiado interesado en prestar el dinero ya que, en definitiva, se trataba de que los bancos alemanes se asegurasen el cobro de las deudas de los bancos españoles. Todo lo que el BCE quería era asegurarse el cobro de la deuda incluso si cambiaba el gobierno o quebraban los bancos españoles.
¿Y qué ha pasado gracias a haberlo reformado? Pues que el Estado debe 200.000 millones más (un 25% de la deuda pública), y que el Estado tiene ahora unos problemas financieros que antes no tenía. ¿Nos financia el BCE gracias a esa reforma? pues no. Seguimos financiándonos en el mercado financiero a un interés mucho más alto.
Y lo que es peor: los bancos no han empleado esos 200.000 millones en pagar la deuda, sino que los han vuelto a invertir en mercados especulativos, como los mercados de divisas, el petróleo o el agronegocio. Dentro de pocos años, la maniobra se repetirá.
lunes, 4 de agosto de 2014
Cuentos de hadas
| Titania, Queen of the Fairies |
Pocas veces puede verse este trasfondo de modo manifiesto, bien porque resulta tan cercano que aún no se lo reconoce como tal, o bien porque resulta ya tan lejano que no es posible ubicarlo en el nivel de profundidad que corresponde al mensaje. En ambos casos es común dirigir la atención al aspecto técnico o estético, o bien se considera empleando los parámetros del momento del espectador.
En esta obra, del ilustrador Arthur Rackham, realizada en 1908 para ilustrar El Sueño de una Noche de Verano, se plasma con mucha fuerza esta imagen interna que el artista proyecta en forma de mensaje. No abundaré en detalles técnicos (en lo que no soy experto) pero sí destaco la impresión de movimiento, la dirección de la mirada de la protagonista, el grupo de personajes que la siguen en relativo desorden: estos elementos sugieren estar en presencia de un espíritu libre, fuerte y decidido, seguido principalmente por su carisma manifestado con sencillez.
La ilustración contraste notablemente con la que ya era habitual en el momento de producción: al término de la época victoriana, las hadas eran invariablemente representadas como seres de pequeño tamaño, provistos de alas y varita mágica, y que dejan un rastro de polvo mágico tras ellas. Esta sigue siendo la representación predominante hoy día, en especial en los países anglosajones.
¿Por qué eligió Rackham esta forma de representar a la Reina de las Hadas? Una breve investigación hace sospechar que el personaje de Titania de la obra de Shakespeare estuvo muy influido por el poema de Edmun Spencer, The Faerie Queen, del que se dice que constituye una alegoría de la reina Elisabeth I. No es descabellado pensar que Rackham hizo un retrato de la idea que él tenia, a finales del XIX, de las cualidades de aquella reina: fuerza, independencia, carisma. Y al mismo tiempo, los elementos empleados para mostrar estas cualidades (el pelo suelto y agitado, el vestido largo y vaporoso, la posición adelantada y ligeramente de espaldas) son propios del momento de producción y no del momento representado. Estos detalles dan la clave de cómo el artista emplea los símbolos a su alcance para componer un mensaje, una imagen, una representación interna que pueda conectar con otros modos de representar.
Cien años después de su producción, la ilustración sigue evocando un paisaje especial, feérico, propio de aquellos cuentos de hadas enraizados en el mito y la leyenda tan ricos en simbología. Un gran regalo para observar, con la perspectiva de cien años de historia, los mitos y las leyendas que siguen operando como difusos deseos inalcanzables en nuestro mundo de hoy.
sábado, 12 de julio de 2014
Vida
La vida fluye
como arena fina
entre los dedos
imposible de atrapar.
El sol, cálido
lejos
imposible de alcanzar.
Un segundo
eterno
imposible de repetir.
Movimiento incesante
permanencia ilusoria
realidad aparente,
todo se para
eternamente
durante un segundo.
Luego, la vida sigue.
Qué pequeño es, de repente,
el mundo.
Mirada se alza
a las estrellas
y más allá.
Y más acá.
como arena fina
entre los dedos
imposible de atrapar.
El sol, cálido
lejos
imposible de alcanzar.
Un segundo
eterno
imposible de repetir.
Movimiento incesante
permanencia ilusoria
realidad aparente,
todo se para
eternamente
durante un segundo.
Luego, la vida sigue.
Qué pequeño es, de repente,
el mundo.
Mirada se alza
a las estrellas
y más allá.
Y más acá.
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